Jorge Luis Borges

En un nuevo aniversario del nacimiento del célebre autor de El Aleph, se rescata el discurso con el que el escritor aceptó el Doctorado Honoris Causa otorgado por la UNLP. Como nunca, habló de su íntima relación con la ciudad, a la cual, según aseguró, lo unían “memorias, cariños y nostalgias”

Una voz lejana, siempre tímida y un tanto insegura, como la de un estudiante de Periodismo que por primera vez se ubica delante del micrófono. El que ha­blaba era un hombre de 77 años, a quien las palabras le bastaban (aunque nunca le sobraban) para escribir obras universales como El Aleph y, en consecuencia, obtener múltiples reconocimientos que su modestia no dimensionaba.

Algo de todo eso se cifró en la emisión especial que Radio Universidad puso en el aire el 12 de diciembre de 1976 desde el aula magna de la Facultad de Ciencias Médicas, donde Jorge Luis Borges recibió el título de Doctor Honoris Causa junto a Luis Federico Leloir y Eduardo Mallea. 

En la inédita grabación, alojada en el Servicio de Difusión de la Creación Intelectual (Sedici) de la Universidad Nacional de La Plata, a la que pudo acceder diario Hoy, el célebre autor nacido hace 118 años y en cuyo honor se celebra el Día del Lector desgranó como nunca antes su íntima relación con La Plata, ciudad que, según contó, se le presentaba “cargada de memorias, de cariños y de nostalgias”.

Asiduo visitante de la ciudad desde la década del 20 y conferencista de la UNLP desde los años 40, al aceptar el premio de la casa de altos estudios Borges se mostró sinceramente sorprendido: “Hace tantos años que vengo a La Plata y jamás soñé con este alto honor que una generosísima vocación me ha concedido”.

Luego, el discurso de más de 45 minutos ahondó en tópicos repetidos a lo largo de su obra: la devoción por el Quijote, el amor de su madre (a quien, dijo, le debía “buena parte” de su literatura), la muerte y la amistad que lo unió a hombres “vinculados indisolublemente” a La Plata como Francisco “Panchito” López Merino, Amado Alonso, Ezequiel Martínez Estrada y, sobre todo, Almafuerte, “el único poeta genial que quizá ha producido esta República, ya que en los otros veo talento, en cambio en él veo indudablemente genio”.

En el discurrir de Borges, ya entrado en años, gastada la voz y empobrecida la dicción, aparecían su buen humor e ironía imperecederas, presentes al recordar “a un hombre” del que su abuelo, Isidoro Acevedo, fue amigo: “Dardo Rocha, que le ofreció el cargo de jefe de Policía aquí (en La Plata), pero mi abuelo era un porteño haragán que no quería alejarse de su casa en Maipú”.

Ya hacia el final, motivado a dar un mensaje ante el auditorio de académicos que lo escucha, el escritor volvió a su modestia. “¿Qué puedo aconsejar yo, que no he sabido dirigir mi propia vida?”, dijo, y concluyó: “No puedo dar otro mensaje que no sea la esperanza y el trabajo y yo no puedo ejercer otro trabajo que mi modesta tarea literaria. ¿Qué otra cosa le queda a un hombre de 77 años, a un hombre ciego, sino seguir trabajando? De otro modo se abandonaría a la inercia, quizá desesperación. Yo sigo escribiendo, aspirando, queriendo. Esto es lo que puedo decir a esta querida ciudad de La Plata”.

El lugar del primer amor

Aunque María Kodama fue, hasta el final, la pareja más constante de Jorge Luis Borges, las calles platenses fueron testigos del primer amor del autor con Elsa Astete. Se conocieron en el Museo de nuestra ciudad en 1931, cuando ella tenía 20 años y él era un pensador anarquista que desconocía su destino de bronce. El hombre que los presentó fue Pedro Henríquez Ureña, historiador dominicano que había tenido que abandonar Santo Domingo porque el dictador Rafael Leónidas Trujillo se había enamorado de su mujer. Según relataba Astete, “después de que Henríquez Ureña nos presentó, me fui con Borges a tomar el té al Jockey Club. En esa primera cita me juró amor eterno”. Elsa vivía en Plaza Alsina, en 1 y 38, y pasaba largas tardes conversando con el escritor en uno de los bancos, bajo las palmeras, viendo pasar el tren.

Aunque quisieron sellar su amor casándose por civil y por la Iglesia Católica en la parroquia de Nuestra Señora de las Victorias de Buenos Aires el 21 de septiembre de 1967, el matrimonio duró solo tres años.

Fuente: Hoy


 

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