Belgrano, un ejemplo vigente

Prócer. Honor, coraje y austeridad fueron las virtudes que encarnó hasta su muerte. Si bien se lo recuerda por sus acciones en el campo de batalla, fue un estadista que impulsó la educación de los más humildes.

Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano nació el 3 de junio de 1770 en la ciudad de Buenos Aires. Estudió leyes y como abogado obtuvo un cargo como funcionario del antiguo Consulado con sede en la entonces capital del virreinato, la ciudad de Buenos Aires. Para dar una idea de sus convicciones, y acaso también de lo que eran entonces valores sociales ampliamente aceptados y compartidos, siendo funcionario fue testigo de la primera de las invasiones inglesas a Buenos Aires, en 1806. Bajo el breve gobierno del Brigadier Beresford, éste ordenó que todos los funcionarios juraran lealtad al rey británico, como era lógico al menos según el pensamiento del ocupante. Algunos, españoles y criollos, acataron sin mayor prurito la orden del invasor, deseosos quizás por congraciarse con el nuevo amo procedente de la metrópolis. Belgrano decidió en cambio ausentarse de la ciudad por varios días. No por cobardía, puesto que su coraje quedaría demostrado en los años venideros, sino porque consideraba que no podía jurar fidelidad a un monarca contra quien seguramente conspiraría y tomaría las armas, lo que efectivamente tuvo lugar unas semanas más adelante. En tiempos como los actuales, en los que muchas veces las pujas pasan sólo por ocupar un cargo, y permanecer allí a como de lugar, Belgrano vivió, en cambio, como un caballero de honor, hecho y derecho.

Pero acaso también convenga detenernos en otro detalle sobre su figura. El Belgrano que homenajeamos cada junio no es el que ejerció como abogado en su estudio, sino quien vistió el uniforme de general de un ejército que en los primeros años de nuestra Nación distaba mucho de ser un cuerpo profesional. Y considero apropiado que así siga siendo recordado porque el héroe que se ganó a puro coraje un lugar en el corazón del pueblo argentino no es el letrado que redactaba extensos escritos en su estudio, sino quien no dudó en empuñar la espada en defensa de su patria, entregándole su vida en esa tarea. Por eso constituye un arquetipo de nuestra nacionalidad, no por la brillantez de sus escritos jurídicos —cualidad que no le era extraña— sino porque siendo un abogado citadino no dudó en aceptar las misiones militares que le encomendaron los sucesivos gobiernos, hasta su muerte en 1820.

Su coraje fue puesto a prueba incontables veces, y en todas ellas podría decirse, a tenor de la misión que se le confió, no habría que descartar que algunos lo querían fuera de Buenos Aires, es decir, fuera del ámbito donde se ejercía el poder. La Primera Junta lo envió a Asunción a comunicar la novedad de Mayo a los paraguayos, quienes reaccionaron altivamente ante la torpe maniobra diplomática de Mariano Moreno, secretario de la Junta, de pretender imponer su modelo revolucionario, sin admitir disensos. Belgrano actuó como la contracara de Moreno, abogado como aquél, pero alejado de la realidad social a la que pretendía modificar con el sólo despacho de decretos. Luego tuvo que marchar a hacerse cargo del Ejército del Norte, a cuyo mando pudo revertir algunas derrotas y vencer, finalmente, a los realistas primero en Tucumán, el 24 de septiembre de 1812, y luego en Salta, el 20 de febrero de 1813.

Fue también un estadista, no siempre comprendido por el medio circundante. Prueba de esto es el reglamento que él mismo se encargó de redactar para cuatro escuelas públicas en el norte, a las que donó el premio en dinero con el que la Asamblea lo había obsequiado por su victoria en Salta. Del análisis de ese reglamento surge claramente el desvelo de Belgrano por la elevación material y moral de la gente más humilde a través de la educación.

Manuel Belgrano fue una persona de profunda espiritualidad y devoción, de modo particular, a la Virgen María. Quizás por eso, una de sus tareas al frente del Ejército del Norte, fue revertir las torpezas y tropelías en que habían incurrido los miembros del ala dura o “jacobina” de la Revolución, con Bernardo de Monteagudo a la cabeza, quienes con sus actos ofendieron la idiosincrasia de las gentes humildes del lugar, lo que fue aprovechado por los realistas. Mandó celebrar misas, procesiones y el rezo del rosario todos los días, medidas aceptadas de buena gana por la tropa, elevando la moral de sus soldados y haciéndolos capaces de auténticas audacias frente a los españoles.

En un gesto recordado aún hoy en todo el Norte, especialmente en Tucumán, previo a la batalla que allí se daría, en 1812, frente a un enemigo superior en armas y hombres, encomendó a Nuestra Señora de la Merced, cuya fiesta era precisamente el 24 de septiembre. La batalla se ganó y Belgrano no dudó jamás de que aquél día sus ruegos fueron escuchados y por eso en el parte de la batalla dirigido al gobierno y escrito dos días después, se lee: “La patria puede gloriarse de la completa victoria que han tenido sus armas el día 24 del corriente, día de Nuestra Señora de las Mercedes bajo cuya protección nos pusimos.”

Su reconocimiento a la Virgen en su advocación de Nuestra Señora de la Merced no quedó en simples palabras. A los pocos días, habiéndose sacado la imagen en procesión, Belgrano colocó entre sus manos su bastón de mando, nombrándola además Generala del Ejército patriota.

Honor, coraje, fidelidad a las más profundas convicciones, austeridad, todas virtudes que Belgrano supo encarnar y vivir cotidianamente hasta su muerte, solo, olvidado y pobre, el 20 de junio de 1820 en la misma ciudad que lo vio nacer.

Pablo Yurman / Director del Centro de Estudios de Historia Constitucional Argentina “Dr. Sergio Díaz de Brito”, UNR y docente UCA Rosario.


Deja un comentario