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Cine inclusivo: por primera vez, chicos de un pueblo wichi vieron una película

Los adolescentes de Misión Chaqueña, a 300 kilómetros de Salta, conviven con la pobreza, la malnutrición, la falta de perspectivas de futuro y el choque cultural.

La primera vez que la profesora de literatura Nancy Suárez entró a una de las aulas de la escuela secundaria N° 5165 de esta localidad wichi -a 300 kilómetros de la capital provincial-, se quiso ir. “Buenas tardes”, dijo con fuerza. Ninguno de sus 40 alumnos la saludó. Sólo reinó el silencio.

“Nosotros somos sumisos y tímidos por el temor que tenemos a equivocarnos al hablar el castellano o a no poder hacerlo”, explica sobre la idiosincrasia de su comunidad Octaviano Gutiérrez. Él es uno de los docentes ad hoc que, en los tres primeros grados de la primaria, “traduce” al wichi los contenidos que dicta, en castellano, otro maestro. Recién a los ocho años, la mayor parte de los chicos de esta localidad de más de 4500 habitantes empieza a hablar español con cierta fluidez.

Al final de este lluvioso día de mayo, el silencio de unos 200 adolescentes se romperá minutos después de que vean, por primera vez, una película. Y lo harán en este paraje donde no tienen mucho para hacer: no hay bibliotecas, ni clubes, ni centros culturales ni actividades recreativas.

Hasta esta localidad empobrecida, de calles de tierra y regada de casitas de abobe llegó un equipo de siete personas de la Fundación Directores Argentinos Cinematográficos (DAC) para proyectar Aballay. El hombre sin miedo, que en 2010, dirigió Fernando Spiner.

Rodolfo Franco es el único médico clínico de la localidad
Rodolfo Franco es el único médico clínico de la localidad. Foto: LA NACION / Soledad Aznarez

En el salón de actos de la escuela secundaria, parte del equipo de la ONG coloca nylon negros sobre las ventanas para evitar que la luz se filtre y, así, simular lo mejor que se pueda una sala de cine. Una a la que nunca entró Pedro González en sus 18 años de vida: ni en su pueblo, Carboncito, ni aquí hay algo parecido a un lugar donde se exhiban películas. Por eso, mira con sorpresa todos los preparativos para la proyección. Pero para que eso ocurra habrá que esperar un par de horas.

Ahora son las 7.45 y la quietud de las calles de Misión Chaqueña, por las que merodean cabras, cerdos y gallinas, se quiebra por el ruido del motor del colectivo que transporta desde Embarcación, una ciudad a 50 kilómetros, a un grupo de docentes de la escuela primaria N° 4528.

Lo primero que se ve son dos aulas de adobe, inauguradas en 1930, que, por su fragilidad, parecen luchar cuerpo a cuerpo contra la fuerza de gravedad. A 20 metros, aparece el edificio más grande y “nuevo”, construido en 1982.

En la escuela funcionan 15 grados. Sin embargo, las cuentas no dan: faltan cuatro aulas para acercarse a una idea de comodidad. Mientras esperan una respuesta oficial, las clases de sexto grado se dictan afuera, bajo un alero. Pero, hoy, como la lluvia castiga, los docentes lograron que los chicos estén en un aula que comparten con otro año.

Dos aulas de la escuela primaria, que aún se usan, fueron construidas en 1930
Dos aulas de la escuela primaria, que aún se usan, fueron construidas en 1930. Foto: LA NACION / Soledad Aznarez

Aunque minutos después de las 8 suena la campana, sólo llegan unos 30 alumnos de los 440 que asisten al colegio. El resto lo hará una hora después. “Ellos tienen su propia idea del tiempo. Son tranquilos”, explica la directora de la escuela, Gladys Siles. Ella, junto al equipo docente, se enfrenta todos los días al choque cultural, al dilema de hasta dónde y de qué manera intervenir en la comunidad wichi cuando aparecen problemas como la deserción. “Desde que empieza a caminar, el niño wichi es un ser libre. Por eso, si él dice que no quiere venir a la escuela, no viene. Eso es lo que argumentan los padres. Ante esto, vamos a la casa y hablamos con ellos para convencerlos”, agrega.

Sin embargo, como gran parte de los habitantes de aquí son beneficiarios de la Asignación Universal por Hijo, la asistencia está mejorando de a poco: uno de los requisitos para percibir el plan es que los chicos sean alumnos regulares.

Mariela Almanza, de 30 años, está sentada dentro de una de las dos aulas más antiguas. Una luz fluorescente resalta las imperfecciones de las paredes descascaradas que, en algún momento impreciso, se pintaron con cal. Ella es la maestra de primer grado y tiene 30 alumnos a su cargo. Al menos, esos son los que están inscriptos. Pero, en los hechos, sólo asisten 20.

Al tener que dictar sus clases de manera bilingüe, Almanza sabe que el aprendizaje será más lento. Sin embargo, la directora de la escuela sostiene que los chicos incorporan todos los contenidos mínimos que se prevén por grado.

Como en el resto de la localidad, en la escuela no hay gas natural. Con la leña, preparan el mate cocido que se da en el desayuno -una vez a la semana, como indica Siles, se sirve una copa de leche-, el almuerzo y la merienda.

El agua llega a algunos hogares, gracias a bombas que se colocan en los alrededor de 10 pozos que hay en el paraje. En otros casos, la canilla más cercana a las casas está a unos 50 metros. Hoy, en la escuela, la gran preocupación es que una de las bombas se rompió y deben pagar 49.000 pesos para arreglarla.

La matriz

“Aquí, el problema madre es la pobreza”, indica Rodolfo Franco, el único médico clínico de este paraje. “Hay pocos ricos. Es decir, los que tienen un sueldo. Seremos cuatro o cinco”, ironiza.

La economía del lugar se estructura alrededor de la madera, que es la materia prima para la elaboración de artesanías y la fabricación de muebles. Sin embargo, pocos reciben una remuneración económica por sus trabajos. Prima el trueque.

Ésa es la realidad que, casi a diario, vive Leonardo Pantoja, uno de los 250 artesanos que hay en Misión Chaqueña. Desde hace tres días, en el patio de su casa, trabaja puliendo y tallando una madera de palo santo, que donará a la escuela secundaria. Si pudiera venderla, recibiría sólo 400 pesos. Claro, si le dieran en mano los billetes. Pero lo más probable, como cuenta, sería que le “pagaran” con paquetes de harina, de azúcar o con sachets de leche. “Cuando les exigís que te paguen con dinero, te dicen que son las mercaderías o nada. Y acá, hay necesidad”, se resigna.

En el centro de salud, Franco indica que le preocupa el consumo precoz de alcohol. “Como los chicos no tienen futuro, empiezan a tomar a los 12 o 13 años”, asevera. Y estima que en este lugar, el 70% de la población está malnutrida. “Los chicos mientras están lactando están bien. El problema empieza después, que es donde el Gobierno no registra”, completa el diagnóstico. Dos veces al mes, llega al paraje un camión del municipio de Embarcación para entregar a los pobladores bolsas con mercaderías.

Desde el hospital San Roque de Embarcación, las obstetras Fabiola Vallejo Torres y Claudia Maturana vienen a Misión Chaqueña una vez a la semana para monitorear a las embarazadas. Las desvelan los controles prenatales: algunas mujeres wichis jamás se hicieron uno y, ahora, intentan que accedan a un mínimo de cinco. Cuentan que les cuesta que las pacientes logren entenderlas e, incluso, que se instruyan sobre la gravedad de algunas patologías. “Es un tanto frustrante”, describe Maturana.

Hablar

Cerca del centro de salud, está Yael Wets Rey, de 15 años. Acaba de terminar de ayudar, como lo hacen la mayoría de los chicos de aquí, a su padre en la elaboración de artesanías y, luego de unas cinco horas de trabajo, se dispone a jugar un picadito con otros adolescentes; su única actividad recreativa del día. “No hay mucho para hacer acá”, cuenta con una timidez que apabulla. Pero hoy habrá una función de cine.

Al menos, por la hora y 40 minutos que dura la película, nadie se acordará -como enumera el profesor de educación de la escuela secundaria, Alberto Torres- de que sólo el 30% de los casi 300 alumnos inscriptos termina el colegio en tiempo y forma; que una gran parte de los chicos debe abandonar la escuela para trabajar en los campos vecinos y retomar, con suerte, al año siguiente; que, a veces, las estudiantes dejan de venir al quedar embarazadas; y que los padres acompañan pedagógicamente poco a sus hijos porque nunca se educaron o porque deben trabajar a destajo para sobrevivir.

Cuando termina la película, los 200 alumnos aplauden con ánimo. Luego, una de las protagonistas del film, Moro Anghileri, se convierte en la figura central del debate que forma parte de las actividades que programó la Fundación DAC. Los chicos, sorprendentemente, hacen preguntas: “¿Las balas y la sangre que se usan en la historia son de verdad?, consulta uno. “¿Hay alguna posibilidad de hacer una película acá?”, inquiere otro.

La profesora Nancy Suárez sonríe en el fondo de la sala. Está orgullosa de sus alumnos de quinto año que fueron los que se animaron a preguntar. Reconoce que no es una cuestión menor lo que acaba de ocurrir. Todos los días, les insiste: “Chicos, tienen que vencer la timidez, tienen que liberarse y hablar”. Y, finalmente, hoy, después de tanto tiempo, le hicieron caso.

Proyectos productivos

Foto: LA NACION

“Cuando no hay trabajo, se refleja en todo: en el estado de las casas y las calles…”, dice el delegado municipal de Misión Chaqueña, Balducho Villafuerte. Para él, lo que podría mejorar la realidad del pueblo es el desarrollo de proyectos productivos. Por eso, pide al Gobierno que los apoyen en dos iniciativas: el desarrollo de huertas y la fabricación de ladrillos de adobe.

Desde 1999, Alfredo Miguel Llaya (PJ) es el intendente de Embarcación, municipio del que depende el paraje. “La comunidad está permanentemente asistida”, señala para consignar que la mayoría de los pobladores es beneficiaria de la tarjeta social, bolsones con mercadería y la Asignación Universal por Hijo. Además, indica les proveen de materiales para la construcción de viviendas.

Llevar films nacionales a donde no llegan

El dato los sorprendió: cuatro de cada diez chicos argentinos nunca fuero al cine. Y los que alguna vez lo hicieron, eligieron ver un film norteamericano. Algo había que hacer. Por eso, en 2013, la asociación Directores Argentinos Cinematógraficos (DAC) creó la Fundación DAC para la Cultura y las Artes Audiovisuales (www.fundaciondac.org.ar).

Un año después, sus miembros idearon el programa “El cine argentino va a la escuela” para llevar películas nacionales a las instituciones públicas de las localidades donde los adolescentes no acceden de otra manera a las salas. “Te cuentan que no van porque les cuesta mucha plata, prefieren ver un film en la PC o porque el cine está a kilómetros de distancia”, explica la coordinadora general de la fundación, Marcela Carreira.

Hasta el momento, más de 27.000 alumnos de 226 escuelas públicas de 13 provincias vieron, gracias al programa, cine argentino.

Foto de portada: Unos 200 chicos de la escuela secundaria N?5165 vieron Aballay. Foto: LA NACION / Soledad Aznarez

(Por Carlos Sanzol)