Reír y llorar con Abel Pintos: conmovedora primera luna de Cosquín

Con una plaza absolutamente colmada, el cantante de Bahía Blanca celebró sus 20 años de presencia en el Festival. Luminosa memoria de la noche inaugural.

Con los dedos sobre los ojos apretando justo en la fuente de las lágrimas o con la boca ancha y blanca de alegría, los gestos de Abel Pintos desnudaron tanta intensidad de emociones como las que vivió la inmensa multitud que colmó la plaza en la conmocionante primera luna de Cosquín 2018.

El regreso del Festival a su reino de enero, anoche, traía consigo la promesa de un hito: la celebración de los 20 años del cantante de Bahía Blanca sobre el escenario Atahualpa Yupanqui, al que se asomó por primera vez el 25 de enero de 1998 invitado por León Gieco, cuando apenas tenía 13 años. “Aquel gesto cambió mi vida por completo”, dijo con palabra de agradecido.

Y lo que se presentía como un concierto inolvidable lo sería no sólo por las más de dos horas de extensión en la que cantó temas de todos sus discos (26 canciones en total) y la consabida entrega del protagonista en el escenario, sino por lo inspirada y lo formidablemente resuelta que resultó la presentación.

En total plenitud, Abel Pintos alcanzaría momentos estremecedores con su voz, así como que la constante superación de la puesta musical con recursos sutiles y oportunos (los arreglos son de su hermano Ariel), apuntalaría especialmente los climas de cada tema.

La recorrida se abrió con un repaso a sus comienzos folklóricos, con motivos que jalonaron su paso por la adolescencia, interpretados con originalidad y limpieza de estilo: Fuego en Animaná,La flor azul, Cuando Llegue el Alba, Ojos de cielo y una memorable interpretación a capella de El Antigal, fueron algunos de los escogidos.Esos fueron los momento en los que los recuerdos acudieron líquidos a su mirada.

Luego, poco a poco comenzó a transitar por el tramo pop de su camino, y en la comunicación más plana con la gente fue que surgieron los pasajes más sonrientes. MotivosLa llaveTu vozAquí te esperoDe sólo vivir, Como te extrañoA-dios fueron algunos de los clásicos de su repertorio que puso a la multitud casi en desesperación por por atrapar esos momentos de gozo.

El final dejaría al centro de la ciudad inundado por tanta gente que marcó el ánimo luminoso de la primera noche.

Voces con aura

Todo había comenzado con las palabras sustanciosas del cura párroco Roberto Álvarez, apuntalado en un pasaje por el grupo Ceibo. Entonces sobrevino la arenga de Claudio “Pipulo” Juárez, ya con la marca de la tradición de estos tiempos, y la novedad de los fuegos artificiales sin estruendos. Luego, el Ballet oficial pondría en escena el contagioso Himno del Festival.

Las potentes voces reunidas en proyecto común de Jairo y Juan Carlos Baglietto, inauguraron el canto. Con parte de los repertorios que identifican a cada uno compartidos, sostuvieron en alto canciones entrañables como Cuando, El témpano (de lo más conmovedor), Milonga del trovador, El ferroviario, José Carpintero. Sus caudales hacían vibrar todas las moléculas del aire de la plaza, aunque por algún instante se tensaban demasiado.

El público celebró con marcado entusiasmo el momento que estos dos sobresalientes cantores con guitarra en brazos les hicieron vivir.

Llegó entonces el momento de subrayar el medio siglo de Opus 4, uno de los notables exponentes de formaciones de esplendor vocal que jalonaron los escenarios de folklore. El momento más emotivo fue cuando a la actual formación se le unieron tres antiguos miembros (entre ellos, Alberto Hassan) para cantar Todo Cambia.

Después, CheChelos, volvió a demostrar la interesante alquimia que han sido capaz de lograr el dúo de chelos (Mauro Sarachian y Ramiro Zárate Gigli) que fue Revelación en la edición anterior. El momento destacado fue cuando Rubén Patagonia participó en un loncomeo, a la vez que se habían sumado Fernando Bobarini, en bajo, y Diego Marioni en Bateria.

A continuación, Ailen Sandoval, solista vocal ganadora del Pre Cosquín, de penetrante canto, consiguió plasmar un momento de particular belleza con su versión de Recuerdos de Ypacaraí, sostenida sólo en un bajo y una trompeta.

El turno de Rienda suelta, el grupo de Peteco Carabajal junto a su hijo Homero, en guitarra y voz, y a Martina Ulrich (hermana de Homero por parte de madre, Nora Cárpena) se largó con más de media docena de chacareras casi sin respirar, todas de nueva cosecha.

El color de la voz de Peteco es un aura en sí misma que ampara siempre sus canciones, en las que indaga sobre su fe en el amor en la tierra y en los hermanos. Mientras tanto, el color de la voz Homero está cercano en la paleta al de su padre, pero tiene su propia dimensión sensible.

Sobre el final, Peteco se abrazó al violín e hizo florecer notas luminosas para cerrar con clásicos queridos: Entre a mi pago sin golpear y Puente Carretero. Finalmente, Digo la Mazamorra, sobre poema de Antonio Esteban Agüero, terminó de referir la estatura compositiva del santiagueño.

 Fuente: La Voz

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