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Llegó la ayuda a Las Lajitas, pero no es suficiente ante el desastre

Llegó la ayuda a Las Lajitas, pero no es suficiente ante el desastre

Antonio Gaspar locales@eltribuno.com.ar

A una semana de la peor catástrofe ambiental en Las Lajitas la ayuda de la solidaridad de los salteños comenzó a llegar, aunque las donaciones no son aún suficientes.

El grave estado de pobreza estructural hace que la vuelta a la “normalidad” sea más lenta.

Se puede decir por otro lado que el agua, cuando se fue, develó las ausencias del Estado en determinados puntos de Las Lajitas.

Las donaciones de los salteños que se recolectaron gracias al festival musical organizado por el concejal capitalino David Leiva fueron a parar la escuela 4.695 San josé Patriarca. “Juntamos un camión simple y un equipo de cosas. Llegamos a la escuela del pueblo y las docentes se encargaron de fraccionar y ver a dónde estaban las mayores necesidades”, dijo Rosario Saravia, una de las que colaboró con el evento.

El Tribuno estuvo en esa entrega junto a las maestras que salieron en sus vehículos, realizando una tarea extracurricular y en horarios fuera de clases.

“Nosotras tenemos casi un 80 por ciento de la matrícula con niños que provienen del asentamiento La Vía. Los chicos llegan con muchos condicionantes ya que provienen de familias con ingresos muy bajos y con viviendas que no califican en ninguna encuesta. Es por eso que al primer lugar que salimos fue aquí”, dijeron a dúo las “seños” Rosana y Silvia.

La Vía está ubicada sobre el final de la avenida San Martín, en donde se convierte en canal. No está a más de siete cuadras de la plaza central y, sin embargo, nadie lo ve.

Allí hay una 80 familias que viven en construcciones realizadas con silobolsas, pallets y ramas que juntaron del poco monte que queda. El que tiene chapa y bloque es un privilegiado.

El agua pasó como un tsumani y dejó las casas y las cosas entreveradas en el barro que hasta hoy no se seca. Volvieron a levantar rápido las paredes, pero perdieron lo poco que tenían.

Liliana Gómez es una mujer grande, ya abuela. Llegó hace ocho años con sus hijas. Una de ellas, Débora, se juntó con Paulo y tuvieron tres hijos. Construyeron otras casita al lado de Liliana y sus niños ya serían la tercera generación que vive y trasciende en La Vía.

Juguetes, ropas, ollas, botellas, platos, basura y todo lo que hay en un casa quedó enterrado en el lodo marrón que aún se mantiene. Sembraron aserrín de madera en las casas para poder pisar algo seco; luego de las entradas está la laguna del patio.

“Yo quiero que venga una vez el intendente (Alberto Fermani) a ver cómo vivimos. Él no nos tiene en cuenta porque dice que esta tierra no es nuestra y que por eso no existimos. En ningún plan estamos incluidos y mucho menos en la asistencia por inundaciones. Yo quiero que venga el gobernador Urtubey para ver en el estado de pobreza que viven nuestros niños”, exclamó Vanesa Visa.

El asentamiento, con más de 10 años de antigedad, tiene la luz “colgada” y agua “donada” por un vecino del barrio aledaño. Luego no tiene ninguna cobertura en cuanto a servicios públicos.

La inundación hizo implosionar los pozos ciegos. Allí no tiene ni las letrinas ya que quedaron cráteres llenos de aguas servidas a cielo abierto.

“Nosotros no pretendemos que nos den casas. Queremos que nos den un terreno porque nosotros laburamos de lo que sea y con eso vamos a construir nuestras casas con las manos. Ya no queremos estar acá, pero es la única opción”, concluyó Débora llorando.

En La Vía perdieron todo

“En el asentamiento La Vía duelen las imágenes”, lamentó la maestra Viviana.
Las docentes llevan un registro sobre qué se le entregó a cada una de las familias afectadas y saben que La Vía necesita más cosas.
Les llegaron algunas camas pero no las pueden armar porque el piso es de barro. Los calzados se rompen en el día porque los niños juegan y todo es agua.
No tienen comida y es por eso que todo lo que llega es insuficiente. Además no pueden cocinar porque la leña y todo el piso está mojado. También le faltan hasta las ollas.
“No nos quedaron cubiertos ni platos”, afirmó Débora.
Los docentes piden por otro lado que les vuelvan a habilitar los fondos para que funcione el comedor escolar. La institución tiene una matrícula de unos 600 niños y las necesidades son grandes.
“El comedor fue cerrado hace unos años, pero ahora se volvió necesario no solo por los evacuados sino también por la pobreza”, dijeron.