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Los problemas de Güemes previos a la cuarta invasión realista

La tercera invasión realista a Salta fue rechazada en abril de 1817 pero en agosto, el Ejército Real volvió a invadir.

Ante el éxito logrado por el gobernador de Salta, don Martín Miguel de Güemes, frente a la tercera invasión realista comandada por el mariscal José de la Serna en 1817, el gobierno nacional le otorgó un reconocimiento por su valiente e importante accionar defensivo. Y así fue que el 28 de mayo de 1817, a poco que los realistas abandonaran Salta, el director don Martín de Pueyrredón dictó normas reconociendo méritos, no solo a Güemes sino también a la oficialidad y a la tropa.
Y si bien la retirada de los realistas había restablecido la tranquilidad en Salta, los enemigos internos de Güemes no dejaban de urdir algo en su contra. En Salta, en la pequeña ciudad de entonces, se olía en el ambiente el sordo enfrentamiento que había con el gobernador a consecuencia de los empréstitos forzosos a los que (Güemes) había tenido que echar mano para poder, muy a duras penas, resistir y rechazar la tercera invasión realista de 1817.

Los detractores

Y así fue que los detractores locales de Güemes no ahorraban esfuerzos en tratar de disminuir sus méritos guerreros levantando infundios algunos de los cuales hoy son documentos históricos irrebatibles.
Don Dámaso Uriburu por ejemplo, escribió años después “…que si por una parte (Güemes) adquirió un honor inmortal y se hizo digno merecedor de la gratitud nacional, por otra parte deslustró el brillo de tan espléndida conducta con los rasgos de egoísmo con que se opuso a que el Ejército Auxiliar, (del Norte) estacionado en Tucumán, viniera a completar la ruina de los españoles, que era infalible, si después de batidos, humillados y desmoralizados, tocando casi su último exterminio, por el solo esfuerzo de los gauchos, hubiesen venido estas tropas al mando del general Belgrano a perfeccionarlo en una batalla, cuyo buen éxito presentaba las mayores probabilidades…”.
También sostiene don Dámaso que “Güemes no quería hacer partícipe a nadie del honor de defender la provincia de Salta, que en realidad defendía noble y heroicamente, pero ‘sus miras no se elevan más lejos de ese ridículo objeto’ que debía ser el medio para aspirar a otros mayores y de más trascendencia, si un patriotismo puro y desinteresado hubiera dado impulso a sus acciones y políticas, pero para él la Patria estaba circunscripta a Salta y creía deber consultar su defensa con toda la obstinación y ahínco con que se defiende una propiedad particular”. Fue este juicio lo que impidió por décadas que Martín Güemes fuese reconocido como héroe nacional. Y claro, cómo se le iba a dar ese rango si para él la Patria terminaba en los lindes de la provincia de Salta…

“Egoísmo y violentas pasiones”

Pero Dámaso Uriburu aún va más allá en sus juicios sobre Güemes: “Ya se puede figurar -dice- el sentimiento y la amargura con que el general Belgrano vería escapársele de las manos tan buenas coyunturas, como las que se le presentaron en toda esta campaña para dar un golpe de muerte al poder español, objeto de sus más ardientes y antiguos anhelos, que miraba ahora enteramente neutralizados por el ‘egoísmo y las violentas pasiones’ de Güemes, que lo tenían reducido a representar el ‘triste papel’ de mero observador, cuando él hubiese querido ser uno de los principales actores en el sangriento e importante drama que se representaba en su vecindad”.
Lo cierto es que las investigaciones histórica nunca encontraron indicio alguno que ratificara lo dicho por Uriburu respecto al general Belgrano.

Las cartas, un testimonio irrefutable… 

Estudiando la abundante correspondencia que existe entre Belgrano y Güemes, no se pudo encontrar ninguna alusión referida a la intención del jefe del Ejército del Norte de participar activamente en la lucha contra los realistas que ocupaban Salta. Muy por el contrario, dicho ejército tenía la misión asignada por las autoridades nacionales de permanecer acantonado en Tucumán como última reserva de la Revolución. Mal podía entonces el general Belgrano, abrir una nueva campaña hacia el norte sin contar con la cantidad de hombres y de recursos económicos necesarios, y exponerse a graves consecuencias tanto militares como políticas. Además, el general Belgrano ya había colaborado con Salta y Güemes, enviando, en el transcurso de la tercera invasión a Salta (1817) dos expediciones. Primero la comandada por el tucumano Gregorio Aráoz de Lamadrid, y la segunda, al mando del coronel Juan Bautista Bustos, quien debió regresar de urgencia por orden del gobierno nacional, que le exigió permanecer en Tucumán.
En lo que se refiere a que para Güemes “la Patria estaba circunscripta a Salta”, no debe dejarse de lado y mucho menos olvidarse de que Güemes vivió solicitando ayuda -y ello está documentado- de la Nación y del Ejército del Norte, ayuda que no llegó, salvo los 300 caballos enviados desde Tucumán por Belgrano. En cuanto al dinero, fue más que escaso y por eso el Gobernador debió recurrir a los “empréstitos forzosos”.

La incursión duró hasta 1818, combatiéndose en la quebrada del Toro

A cuatro meses de que fuera rechazada por los gauchos de Güemes la tercera invasión realista a Salta (abril de 1817), el Ejército Real permanecía acantonado y al acecho en Tupiza.
Y así fue, mientras aquí los enconos internos continuaban, de La Serna preparaba en el Alto Perú una nueva invasión a Salta, la cuarta.
Pero La Serna también tenía problemas internos que atender, pues mientras permanecía en Tupiza se descubrió que altos oficiales realistas, entre ellos los coroneles Gamarra y Velasco, mantenían correspondencia con Güemes. Entonces se instruyó un sumario pero como se evaluó que las medidas disciplinarias podían acarrear males mayores, el fiscal de la causa, coronel Valdés, sobreseyó a los involucrados.
Conjurado el “criminal proyecto” según el historiador Torrente, La Serna, restando importancia a tan grave situación, continúa en Tupiza reorganizando sus fuerza, tratando de retemplar los ánimos y restablecer la disciplina perdida luego del desastre sufrido meses antes en el Valle de Salta.
En efecto, en julio de 1817, La Serna dispuso que su vanguardia, constituida por mil hombres, se mantenga activa y lista para una nueva invasión hacia las provincias del sur, al mando del general Olañeta. Todo ese movimiento estaba supeditado a la suerte del general Osorio que debía partir de Lima con la misión de reconquistar Chile, ya en poder de San Martín.
Por otra parte, La Serna necesitaba que su vanguardia expedicionara hacia el sur con dos objetivos: demostrar a los engreídos gauchos de Salta, que el ejército Real no había abandonado el país por efecto de su superioridad, como blasonaban; y también, por la necesidad de hacerse de equinos y vacunos para su tropa.
Y así fue que hace 200 años, en agosto de 1817, los realistas se movilizaron hacia el sur, por la quebrada de Humahuaca comenzaba de esta manera la cuarta invasión realista a Salta.
Al tomar conocimiento Güemes de la nueva invasión, otra vez recurre a Belgrano en un extenso escrito fechado el 27 de septiembre de 1817. En ese histórico documento, el gobernador salteño expone con harta crudeza el estado de postración de la provincia: “El enemigo toca nuestras fronteras, -escribe- amenaza dividirnos… ¿Qué importa que mis guerreros se hallen poseídos del fuego de la bravura, si no hay fomento para que obre su entusiasmo?”
Pero de Tucumán, nada llega.