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Lucrecia Martel llevó su esperada Zama a Venecia

Tras diez años de silencio, la cineasta estrenó su adaptación de la novela de Antonio di Benedetto en la Biennale, que fue recibida con elogios.

Zama llegó a Venecia como si hubiese flotado hasta la Biennale desde otro mundo”, afirmaba ayer el crítico de The Guardian, Xan Brooks, a la hora de sopesar las virtudes de la película que marca el regreso al cine de Lucrecia Martel tras casi una década de ausencia.

La película se centra en un funcionario colonial en Paraguay, que espera el traslado a un puesto mejor y que interpreta Daniel Giménez Cacho en uno de los mejores papeles de su carrera. El actor hispano-mexicano comparte cartel con la actriz española Lola Dueñas. Zama, tras su estreno en la Biennale fuera de competencia, se verá en los festivales de Toronto, Londres y Nueva York antes de llegar a los cines argentinos el 28 de septiembre.

Zama es una novela previa al boom de la novela latinoamericana. Es una novela existencial, muy particular, porque es de un existencialismo de bases latinoamericanas -explicaba la directora a DPA-. Y lo que a mí me interesó de la novela es que cuando se habla de ella se dice que es un novela sobre la espera, y lo que a mí me interesó es la identidad como una trampa. Si uno fuese más flexible respecto de quien es uno -y en general eso en las mujeres sucede más que con los hombres-, el fracaso sería algo menos estrepitoso. El fracaso es cuando uno tiene una expectativa muy concreta de lo que quiere y una idea muy particular de quién es. La identidad es algo rígido y la rigidez hace que el individuo se quiebre.”

La actuación de Giménez Cacho fue también destacada por la crítica internacional. Sobre el personaje, Martel -que viajó a Venecia junto con su protagonista y con Dueñas- explicaba su visión: “Para mí es un personaje que tiene una visión rígida de sí misma. Zama está aferrado a miniestructuras de poder que puede haber en ese lugar donde él está. Todo lo que está fijo, sufre. Todo lo que va y viene con el agua sobrevive. Pero sin embargo en nuestra cultura se ha empecinado en la rigidez, la identidad, el individuo, el sujeto, ser alguien, tener un título, tener un título de lo que sea. Todas esas cosas que nos alejaron de lo nómada nos han vuelto lo psicópatas que somos. Nuestra cultura es una cultura de psicópatas”.

Con apenas un puñado de películas, Martel es sin duda una de las cineastas argentinas más reconocidas en el exterior, donde su regreso fue celebrado con, por ejemplo, un extenso perfil en The New York Times. Zama, explicó a DPA, comparte con La mujer sin cabezaLa niña santa y La ciénaga, el hecho de que tienen al deseo como principal motor de su trama. “Lo que tiene de interesante el deseo es que tiene una raíz más física que todo lo otro. El deseo se va abriendo sus caminos. Todo lo que nosotros hemos construido casi conspira contra el deseo, esa fuerza enloquecida. Lo que yo siento en común con las otras películas, que es lo que me interesa del mundo, son los personajes que están en los márgenes del poder, que no tienen el poder, es gente que está rasguñando los bordes del poder. O el mundo de las mujeres; lo que es fascinante de su mundo, y es una de sus virtudes, es cómo lograron armar su civilización mujeril en los márgenes del poder. Es muy fácil ver eso en la violencia de género. La violencia de los hombres es la incapacidad de manejar la frustración. En cambio nosotras estamos acostumbradísimas, si no se puede por aquí, vamos para otro lado.”

Su ausencia de los sets de filmación, por otra parte, no parece haber resultado traumática para Martel, a pesar de que el derrotero de Zama hasta este estreno mundial fue prolongado en el tiempo. “No hay que filmar tanto. Es una idea ecológica, no hay que llenar las góndolas de películas de uno. ¿Tanto tenés para decir? Yo no tengo tanto para decir ni tantas ganas de trabajar”, afirmó.