Reversión de resultados en Latinoamérica

La experiencia comparada regional muestra que revertir el resultado en un balotaje es complejo, pero factible.

Chile es uno de los países de la región con más experiencia en el uso del balotaje. De las siete elecciones presidenciales celebradas desde 1989 hasta la fecha, en las cinco últimas hubo necesidad de ir a una segunda vuelta. Y en cuatro de estas cinco ocasiones los resultados del balotaje confirmaron al candidato que había ganado en el primer turno.

¿Qué tan probable es que se produzca una reversión del resultado el 17 de diciembre? ¿Qué podemos aprender de la experiencia comparada latinoamericana?

Hoy, 12 de los 18 países latinoamericanos regulan el balotaje presidencial con diversas modalidades. En ocho de ellos –Brasil, Colombia, Chile, El Salvador, Guatemala, Perú, República Dominicana y Uruguay– se exige 50 por ciento más uno de los votos para vencer en primera ronda. Costa Rica requiere únicamente el 40 por ciento; Ecuador y Bolivia: 50 por ciento más uno, o bien 40 por ciento con una diferencia de más de 10 puntos, y Argentina: 45 por ciento, o bien 40 con una diferencia de más de 10 puntos. Advertisement

Durante el último lustro (2013-2017), el balotaje ha venido ganando importancia creciente en nuestra región. En la casi totalidad de los países que lo regulan, la presidencia debió definirse en segunda vuelta: Chile (2013); Brasil, Costa Rica, Colombia, El Salvador y Uruguay (2014); Guatemala y Argentina (2015); Perú (2016) y Ecuador (2017).El análisis comparado de las elecciones presidenciales latinoamericanas celebradas entre 1978 y 2017 demuestra que la realización de un balotaje no altera el resultado de la primera vuelta en aquellos casos en que el ganador del primer turno es considerado por la mayoría de los votantes del round decisivo como “el mal menor”, aunque no resulte el candidato favorito de todos.

Por el contrario, la reversión de resultado tiene lugar cuando una mayoría del electorado comparte un “consenso negativo” en contra del candidato ganador en la primera vuelta (a quien se lo percibe como el “mal mayor”) y vota, en la segunda, a favor del candidato que, en la primera, se posicionó en segundo lugar.

Cuestión de mayorías

En estos casos, el balotaje permite articular una nueva mayoría, cuyo objetivo es impedir el ascenso a la presidencia de un candidato no deseado que resultó triunfador en la primera vuelta.

De las más de 150 elecciones presidenciales que tuvieron lugar en nuestra región entre 1978 y 2017, en poco más de 80 de ellas la ley electoral contemplaba la segunda vuelta. En 46 de estas elecciones hubo necesidad de realizar un balotaje para elegir al presidente. Y en 34 de estas 46 (75 por ciento) triunfó en la segunda vuelta quien había ganado en la primera ronda. Sólo en 12 ocasiones de estos 46 balotajes hubo una reversión de resultado.

La otra tendencia regional es que la participación electoral tiende a disminuir durante la segunda vuelta, salvo en casos de balotajes muy reñidos. La participación ciudadana es un elemento clave, ya que de las 12 reversiones electorales que mencionamos, en siete de ellas el número de ciudadanos que participó en el balotaje aumentó.

Un elemento por considerar es el porcentaje de diferencia entre el primero y el segundo lugar. Cuando esta diferencia es superior al 10 por ciento o al 15 por ciento, la probabilidad de revertir el resultado en segunda vuelta se vuelve más compleja; pero no imposible. Keiko Fujimori obtuvo 19 puntos por encima de Pedro Pablo Kuczynski en la primera vuelta de las elecciones peruanas de 2016 y, pese a ello, fue derrotada en el segundo turno.

Otro partido

En resumen, el balotaje no es el segundo tiempo de un mismo partido; constituye una nueva elección. Mientras en la primera vuelta se vota a favor de un candidato, en la segunda se vota no sólo a favor de un postulante, sino también en contra de una opción. Muchos electores deciden “prestar” su voto a quien no es su favorito y por quien no sufragaron en primera vuelta, para evitar el triunfo del candidato que perciben como “el mal mayor”.

La experiencia regional evidencia que revertir el resultado en un balotaje es complejo, pero factible. El porcentaje de diferencia entre el primero y el segundo lugar en primera vuelta es importante, pero no determinante. Sobre todo cuando el porcentaje de quien queda primero está por debajo del 40 por ciento y la diferencia con el segundo es bastante menor a la esperada.

En estos casos, la experiencia evidencia que el factor crítico pasa por la capacidad que tenga el candidato que ocupó el segundo lugar para articular una nueva coalición dirigida a impedir el ascenso a la presidencia del candidato ganador de la primera vuelta, a quien debe presentar como el “mal mayor” por evitar. Igualmente importante es lograr aumentar el nivel de participación electoral tanto de sus simpatizantes como de los que se oponen a permitir un nuevo triunfo del candidato vencedor de la primera vuelta. Esta fue la estrategia seguida en la gran mayoría de los balotajes donde hubo reversión de resultado.

Nada fácil, ya que se logró sólo en uno de cada cuatro balotajes entre 1978-2017; pero tampoco imposible, como lo muestran las reversiones logradas por Juan Manuel Santos (2014), Macri (2015) y Kuczynski (2016).


 

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