Señal de alarma para la selección: una muestra gratis de lo que en un Mundial se cobra con la eliminación

La Argentina concluyó un año inolvidable con una derrota que vuelve a agitar fantasmas y debates externos e internos.

Jorge Sampaoli se fue de esta ciudad en la madrugada del miércoles rumiando una derrota que, por lo espectacular, podría servir para convencer a un incrédulo de lo atrapante que es el fútbol: un juego que puede entregar vuelcos como el que sufrió la selección argentina en este confín del país más grande del mundo. Si durante la mañana del partido, cuando el sol ventilaba el río Kuban, el entrenador trotaba en calma por el “Puente de los Besos” para no perder forma, a la noche no quería dejarse aturdir por el impacto de los cuatro goles que Nigeria le encajó a su equipo. En la cena y camino al aeropuerto, antes de iniciar el periplo de regreso a la Argentina, el entrenador hablaba con sus colaboradores con la pretensión de que no se alarmaran de más, como tampoco había querido exagerar el valor de la victoria del sábado ante la selección local, en Moscú. Razonaba igual que lo había hecho en la conferencia de prensa posterior al golpazo, cuando reconoció los errores pero pidió que nadie se cegara por el resultado; parecía haber internalizado “Si”, aquel poema del autor inglés Ryduard Kipling: “(…) Si puedes encontrarte con el triunfo y el fracaso, y tratar a esos dos impostores de la misma manera (…) ¡serás un Hombre, hijo mío!”.

Mascherano nunca se engaña

Sampaoli se muestra decidido a competir de este modo, con una vocación de “protagonizar” que acaricie la pelota, la cuide y la haga circular para controlar el juego primero y ser agresivo después. ¿Pero cuál es el antídoto cuando el que está del otro lado hace valer su fórmula, como lo consiguió Nigeria con sólo dar un paso al frente? La muestra de Krasnodar fue gratis, y eso debe agradecerse: en el Mundial, vaya obviedad, un desliz así dejará a cualquiera de patitas fuera de Rusia, por más que se llame Argentina y tenga a Messi de su lado. Justo él, que de tan invisible que fue aquí rompió los ojos de todos.


 

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