Un problema con raíces políticas y sociales

Hay una gigantesca crisis humanitaria, un enorme problema político y varias alternativas que incluyen acciones “manu militari”. De todo esto se habla mucho para forzar un vigoroso despertar de los 28 países de la Unión Europea, la más grande superpotencia económica del mundo con 400 millones de habitantes y pocas ganas de jugársela “bajo la presión de las emociones”.

Desde ya habría que descartar las opciones bélicas o policiales. Nunca la Unión Europea ha hecho esas cosas, desde que nació en 1957. De eso se encarga la alianza militar occidental, la OTAN y bajo el paraguas norteamericano.

Italia ha pedido para el jueves una reunión cumbre de la UE que debe considerar una de las situaciones más difíciles de la historia de la Unión, porque es evidente que la magnitud de la hecatombe de barcazas cargadas de refugiados que se hunden en el Mediterráneo hace morir las palabras en una mermelada retórica, mientras la frontera sur europea que linda con el norte de Africa se convierte en una fosa común de migrantes desesperados. Italia está decidida a forzar la mano y pedirá al Consejo de Seguridad de la ONU que garantice un cuadro legal para autorizar una operación de policía internacional en Libia, la clave de todo.

“De cien refugiados que llegan a Italia, 91 parten desde Libia”, dijo ayer Renzi al recibir en Roma al premier de Malta, Joseph Muscat, el otro país que afronta en primera línea la tragedia. En Libia reina el caos total. No hay un gobierno que represente al Estado y con el que se puedan hacer acuerdos.

En Marruecos, las facciones comprometidas en la guerra civil y dos flácidos entes gubernamentales discuten cómo formar un gobierno de unidad y no se ponen de acuerdo.

Hay cinco medidas que debe discutir Europa para poner bajo control la situación libia, combatir a las bandas de traficantes del nuevo esclavismo y detener la partida desde las costas nordafricanas de las pateras.

En la UE, los países del norte ven como un problema lejano el de la frontera sur y desconfían de la perspectiva de organizar la vigilancia marítima en el Mediterráneo para contrarrestar los movimientos de las barcazas, porque sería necesario armar una flota de envergadura. Tampoco la idea de garantizar un eventual y saludable cese del fuego entre las facciones libias entusiasma a muchos gobiernos europeos.

Monitorear la tregua es imposible en un país de casi dos millones de kilómetros cuadrados. Más sencilla es la opción de proteger las infraestructuras. Pero esto obliga a emplear fuerzas militares aunque se las disfrace con otro nombre. Libia se está convirtiendo en una gigantesca base, además, del terrorismo ultraislámico.

El episodio de los doce cristianos arrojados al mar porque rezaban a bordo de una “carreta del mar” y fastidiaron a un grupo de musulmanes, revela que una parte de los migrantes puede esconder intenciones peligrosas al entrar en territorio europeo.

Italia anunció el arresto en Palermo, Sicilia, de 24 traficantes de carne humana y el premier Renzi propuso “operaciones especiales” para neutralizar a los traficantes que organizan los viajes. Las ganancias de estas organizaciones criminales son extraordinarias: un estudio calcula que superan los 34 mil millones de dólares anuales.

El escepticismo frente a la perspectiva de afrontar la situación con intervenciones armadas inéditas para la experiencia de la UE, repliega a muchos países de Europa en favor de las soluciones “prácticas” como duplicar los muy magros fondos de la Operación Triton para asistir a los refugiados. No solucionaría nada pero a los países del norte de Europa les permitiría sacarse de encima el fardo de afrontar en serio la crisis en el Mediterráneo con sus inevitables contragolpes políticos internos.

 

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